Fernando Mora-Figueroa
Llevo escribiendo desde que tengo memoria. Lo que cambió con los años no fue la pasión, sino la claridad sobre qué tipo de historias quería contar: aquellas donde la historia oficial deja huecos demasiado grandes para ignorarlos.
Me obsesionan los enigmas que siguen abiertos. Las sociedades secretas, los misterios que la ciencia no termina de explicar, las preguntas que llevan siglos sin respuesta convincente. Esa intriga tomó forma definitiva durante los años que pasé estudiando ingeniería en San Sebastián, con el Cantábrico al fondo y una inquietud creciente. Por eso la tecnología y la ciencia son primordiales en mis libros — y por eso mis personajes tienen ese tinte universitario que no siempre es evidente, pero siempre está ahí.
¿Por qué El Expediente Colón? Bueno, la vida del marino más célebre de la historia es, por derecho propio, un misterio. Yo nací y crecí apenas a 500 metros de la tumba del Almirante, en Sevilla, una ciudad que, por sí misma, ya está plagada de intriga y misterio. Sus callejuelas oscuras y frescas, oliendo a azahar una noche de primavera, ocultan leyendas a cada paso.
Y hay un último elemento que lo cierra el círculo de porqué escribo lo que escribo. El mar. Navego casi desde antes de andar, y aún hoy nada me parece mejor que un velero, media docena de amigos y una semana abierta al Atlántico — las costas vivas de Portugal o los recodos del Marruecos más milenario ya cuentan historias por sí solos. El mar me recuerda que hay más misterios a cinco millas de la costa que en cualquiera de nuestras ciudades.
La fragata del logo no es un adorno. Es una declaración de intenciones.
Fernando Mora-Figueroa
Llevo escribiendo desde que tengo memoria. Lo que cambió con los años no fue la pasión, sino la claridad sobre qué tipo de historias quería contar: aquellas donde la historia oficial deja huecos demasiado grandes para ignorarlos.
Me obsesionan los enigmas que siguen abiertos. Las sociedades secretas, los misterios que la ciencia no termina de explicar, las preguntas que llevan siglos sin respuesta convincente. Esa intriga tomó forma definitiva durante los años que pasé estudiando ingeniería en San Sebastián, con el Cantábrico al fondo y una inquietud creciente. Por eso la tecnología y la ciencia son primordiales en mis libros — y por eso mis personajes tienen ese tinte universitario que no siempre es evidente, pero siempre está ahí.
¿Por qué El Expediente Colón? Bueno, la vida del marino más célebre de la historia es, por derecho propio, un misterio. Yo nací y crecí apenas a 500 metros de la tumba del Almirante, en Sevilla, una ciudad que, por sí misma, ya está plagada de intriga y misterio. Sus callejuelas oscuras y frescas, oliendo a azahar una noche de primavera, ocultan leyendas a cada paso.
Y hay un último elemento que lo cierra el círculo de porqué escribo lo que escribo. El mar. Navego casi desde antes de andar, y aún hoy nada me parece mejor que un velero, media docena de amigos y una semana abierta al Atlántico — las costas vivas de Portugal o los recodos del Marruecos más milenario ya cuentan historias por sí solos. El mar me recuerda que hay más misterios a cinco millas de la costa que en cualquiera de nuestras ciudades.
La fragata del logo no es un adorno. Es una declaración de intenciones.